Discurso de Elisa Carrió en el encuentro de mujeres del ARI de la provincia de Buens Aires

Hoy que estamos todas juntas me gustaría analizar el tema del discurso oficial histórico de siglos en relación en la mujer y lo que sucedía en la realidad tomando algunos ejemplos, porque me parece que estamos en el inicio de un siglo donde la emergencia de lo real va a poner dignidad y va a romper un discurso oficial de dominación, de siglos, sobre nosotras las mujeres.

Esta es una de las grandes batallas que tienen que dar hombres y mujeres por el cambio de esta cultura, es decir: esta no es una lucha sólo de las mujeres, sino de hombres y mujeres por una nueva cultura y que nos compromete a todos porque esa nueva mirada, que es la mirada de lo único que no está en el comercio, de lo único que no se vende ni se compra que es la dignidad y que es lo que va a cambiar el mundo en este siglo.

Lo que hemos tenido, salvo en algunos momentos en algunos siglos, es un discurso oficial, dominante, escrito por hombres, es decir escrito desde una mirada, que obvió, que silenció lo actuado, lo hablado, lo dicho y lo peleado por millones de mujeres. Y eso dio la sensación, cuando nosotras estudiábamos en la escuela secundaria, que las mujeres no habían hecho mucho, o no habían hecho casi nada, porque no estaban plasmadas en los libros de historia. Los libros de historia, eran acerca de las batallas, en general protagonizadas por hombres, por las emergencias culturales y donde se tomaban los paradigmas de esas emergencias eran protagonizados por hombres y fijense como ese discurso fue ideológico. No creo que haya sido intencionalmente deseado, en muchos casos, sino que era la mirada de una cultura. De manera que cuando una leía, quedaba algo claro: un discurso oficial que no hablaba de nosotras, que no nos daba ningún tipo de protagonismo salvo el estatuto excepcional de una. Por eso, en la historia es posible encontrar una mujer por siglo, si la encontramos.

Estatuto excepcional que permitía hablar por única vez de la mujer en la humanidad y silenciar a todas las demás. El efecto que causaba en nosotras, cuando éramos niñas o adolescentes, era que evidentemente nosotras teníamos un destino. Que estábamos predestinadas al silencio oficial. Y que por más que hiciéramos todo, todo desde la casa, todo desde la profesión, todo desde el trabajo, como las mujeres de la edad media que no son reconocidas en el discurso oficial de la edad media y sin embargo eran las que quedaban en los castillos, eran las que estaban con la alimentación, eran las que se encargaban de lo más importante de la economía agraria, eran el punto central de la economía agraria, pero nadie las ve en la historia de la Edad Media, lo que van encontrar en la historia eran los tipos que se iban a salvar el santo sepulcro, pero las mujeres que se quedaban son silenciadas. Quién mantenía la economía agraria, quien cuidaba estas cosas esta silenciado.

Por más que las mujeres hiciéramos todo y mucho más, el discurso oficial nos negaba. Que por más que pagáramos la luz, el teléfono, trabajáramos, volviéramos, nosotras teníamos siempre que pagar una cierta culpa por el reconocimiento del otro de nuestra propia existencia. Es la vieja historia del “bife esta crudo”, “no está punto”, es hacer todo para ser reconocida en algo. Siempre esta ese no reconocimiento oficial.

Eso llevó a millones de mujeres a que fuéramos manejando una serie de instrumentos de sobrevivencia en la ausencia. Las mujeres teníamos que adoptar y todavía adoptamos y vaya como adoptamos, determinados instrumentos de sobrevivencia.

Vamos a tomar algunos instrumentos.

El silencio frente a la violencia: para sobrevivir hay que callar. Hablo de violencia de la palabra, física y del no reconocimiento. A mi no me gustaría que ninguna de nosotras peleara exclusivamente contra la violencia física, porque ese es un discurso que esconde, lo más fuerte, lo más generalizado, lo más profundo de la violencia ejercida sobre nosotras es un discurso verbal que nos dice que aunque hagas todo lo que hagas, no vales, no servís, no existís.

Esto se traduce en algunos casos simbólicos a los que terminamos por acostumbrarnos, pero que son brutales. Por ejemplo, cuando vamos a un asado donde hablan los hombres y donde hablan las mujeres. Donde si una mujer se instalaba en el diálogo de los hombres era porque era asimilada a ellos, de ahí “es una machona”; o en caso de un estatuto de excepcionalidad desconocida y por vergüenza por ellos. Cuando la mujer hablaba había como un recreo: supongamos que estamos hablando de fútbol, si la mujer habla su voz no es ni escuchada, porque para ella no hay régimen de oído.

Este es el recreo: hablan todos, habla la mujer y después continuaba el diálogo pero con el anterior. No es que contestan lo que dice la mujer, es que después de este interregno que se soporta como parte de la banalización de una conversación seria, viene la charla. Y las mujeres van hacia otro lugar a hablar de las cosas que le interesan a las mujeres.

Esta reiteración de pequeños actos simbólicos –que no son tan graves- que fuimos repitiendo, actos simbólicos como cuando nuestros hermanos se iban a jugar a la pelota y nosotras no teníamos que quedar en la casa. Nosotras lo ibamos tomando como parte de los patrones de esa primera estructura de sobrevivencia para no conmover lo que estaba que era el silencio. Y aprendimos a callar infinidad de cosas.

La cantidad de historias, de relatos, de dolores, que escondimos y no verbalizamos las mujeres a lo largo de los siglos debe ser el caudal más rico y más enriquecedor perdido por la humanidad. De lo que no se pudo decir, de lo que no se pudo hablar y de lo que lentamente iba dejando cicatrices muy profundas en nosotras mismas, por eso hay tantas películas de las cartas finales de las mujeres, de esas películas que una llora como loca y piensa que llora por la película y después se da cuenta que llora por una.

Hay tantas películas donde en el final las mujeres hablan, ella habla al final y cuando se está por morir, por ejemplo en los Puentes de Madison, ella deja la carta al final porque se está por morir. El silencio como regla y sólo la posibilidad del relato, pero sin que pueda socializarse el relato sin su presencia: cuando los otros supieran ella ya debía estar muerta.

El silencio fue una estrategia de sobrevivencia, pero también fue la estrategia de mayor aniquilamiento de la riqueza de la humanidad, de lo que pensábamos, de lo que sentíamos y de lo que queríamos y debíamos decir.

Primera cuestión: hay que romper el silencio. Una vez, cuando yo tenía diecisiete años, me dijo mi abuela, que era maravillosa y que fue una de las personas que mayor incidencia tuvo en mi vida, “querida la verdad que yo ahora que tengo sesenta y pico de años digo todo lo que pienso, porque ya no me importan algunas cosas”, además se había muerto mi abuelo que era su obsesión. Y yo pensé, para que esperar a tener esa edad, tengo diecisiete voy a aprovechar ahora. Quiero decir: la primera salida es romper el silencio. Romper el silencio, pero no sólo en lo público, porque sino también se forma parte del discurso oficial, sino rompemos el silencio en todos los ámbitos de la vida no rompemos el silencio.

Lo primero que significa este profundo cambio cultural donde muchas están hablando y donde a muchas nos van a tener que hacer callar es romper esa estrategia de supervivencia que era funcional a aquellos que decían vos no valés, no servís, no existís. La liberación pasa por romper ese silencio histórico que nos llenó de dolor, que nos llenó de cicatrices, que imposibilitó el habla y que a su vez impidió que estuviéramos en cualquier discurso oficial para refuncionalizar la historia, en el sentido de que en el relato nosotras estábamos excluídas.

La segunda estrategia de sobrevivencia a lo largo de los siglos, era tratar de mostrar nuestros mayores rasgos de debilidad, para que los otros no notaran que teníamos algunas condiciones distintas a los que teníamos enfrente. Era aumentar los rasgos de debilidad y disminuirse para que el otro no pudiera siquiera pensar que podía haber algo del orden de la competencia que se jugara. Si éramos un poco más inteligente teníamos que parecer muy brutas, no vaya a ser que alguien del círculo familiar se diera cuenta que ahí había una diferencia que podía romper el espacio de la paz que tenía que ver con la subordinación. Entonces, hay que romper dos nociones: la de competencia, que es una noción de poder y en consecuencia no es una noción de reconocimiento. La verdadera noción de alteridad, es el reconocimiento del otro en su diferencia y no quiere decir que alguien sea superior al otro porque tiene unas condiciones diferentes, pero lo que no puede hacer el otro es condenar al no reconocimiento de las diferencias porque tenga miedo que le haga competencia.

Ahí debe funcionar como salida, la regla del reconocimiento del otro y la alteridad que significa que cada uno es distinto, es diferente y sirve en determinados lugares a causas que son privadas y que son públicas pero nosotras nos debemos reforzar “las condiciones” de nuestra supuesta debilidad, sino pelear espacios de manera no violenta, por el reconocimiento de las diferencias. Esto en muchos lugares se hace, es cierto que nuestros hijos están mucho mejor que nosotras, que muchas de nosotras han tenido mejor suerte que otras y que otras han tenido disputas muy fuertes. Estas son cosas sobre las cuales nosotras tenemos que hablar, porque si no hablamos sobrevive siempre el silencio.

La otra estrategia es que, como muchas influencias religiosas insistieron en el sentido de subordinación y de agudización de uno de nuestros papeles, pero no el único, que es nuestro rol de madre. Esto tiene una historia muy fuerte vinculada a la lectura oficial después del siglo II que hizo el cristianismo de las mujeres de Jesús.

Cuando se ve la verdadera historia, no la historia judaica que es muy fuerte de subordinación, cuando ven cualquiera de los evangelios van a ver que hay muchas mujeres de Jesús, mujeres que dejan sus casas, mujeres que están solas, la samaritana, Magdalena, María, Marta. Muchas mujeres, pero finalmente la que ve la resurrección es una mujer.

Apóstol es testigo, y el primer testigo, el testigo elegido, es una mujer y no es cualquier mujer, es Magdalena. A la historia oficial le convenía que fuese María, hay que imaginarse lo que significaba Magdalena en términos a la historia judía anterior y a la revolución que es el evangelio en el sentido de que no distingue, como las almas no tienen sexo es la igualdad absoluta, pero esto no podía ser entendido, con lo cual a partir del Siglo II Magdalena es la primera apóstol y muchas de esas mujeres no citadas después son diáconas, son las que dan la comunión hasta que viene el corte patriarcal en la Iglesia, que consistió en rescatar a María de las otras: María era santa las otras no; que habían sido pecadoras pero eran tan santas como María, pero separan a la Madre y a las otras mujeres las dejan afuera.

Segundo, la última cena sólo es de hombres, entonces la sagrada eucaristía, la configuración del orden sagrado sólo la pueden hacer los hombres, entonces que era Magdalena, ¿que hacemos con la “apostola”?. La hicieron despararecer, por eso la figura de María Magdalena esta desaparecida. ¿Se ven muchas Iglesias con el nombre María Magdalena? No, si hasta la Madelaine en París es una cosa rara, porque no la pueden explicar.

En el mismo procedimiento por el cual excluyen a las demás mujeres, que son las otras mujeres de Jesús, las que luchan, las que abandonan, las que siguen, también la devalúan a la propia María, porque la dejan sólo como madre y desconocen el papel de lucha, de dolor y de apostolado de la propia María en la historia de la cristiandad, el papel de María queda reducido a ser mujer que concibió por obra del Espíritu Santo, pero lo que anulan, porque sino le tenían que reconocer a las mujeres el otro carácter era toda la etapa de lucha heroica y de pelea por las grandes batallas y de ahí viene ese discurso maniqueo que plantea que somos maravillosas, exclusivamente porque somos madres.

Es bárbaro ser madre, pero no sólo somos madres, nuestra naturaleza no está identificada sólo por eso, sino como resolvemos lógicamente las mujeres solteras y las que no tienen hijos. Si las solteras y las que no tienen hijos no son madres, en consecuencia no son personas, porque las mujeres personas son madres.

Hay algún sector muy feminista que niega la condición de madre, lo cual también es irracional. Tenemos que poner a la mujer persona con varios roles al mismo tiempo, es decir a la mujer persona soltera o casada, a la mujer persona madre luchadora, no una cosa o la otra. Y tenemos que pelear por eso, aunque sean culturalmente muy fuertes.

La consideración de la mujer en el ámbito privado no está resuelta. No está saldada -porque nosotras militamos en el ámbito político- la cuestión del reconocimiento de la mujer en el ámbito privado. Porque a una mujer que se la obliga a tener todo perfecto no es una mujer liberada, es una mujer estresada, que somos la mayoría. Debemos insistir en el reconocimiento en el ámbito privado, en el ámbito público, en el ámbito social. Tenemos que tener el reconocimiento no de las heroínas, sino de las mujeres cotidianas y concretas, porque cuando te llevan al nivel de la heroína, te sacan por estatuto de la excepcionalidad del resto de las millones de mujeres. Esa es la perversión que usan: señalar a una mujer como distinta. Porque es distinta puede estar con nosotros, el resto tiene que estar en la condición en la que está.

Se trata de una lucha de historia de mujeres, pero se trata también de historias de hombres, porque los hombre tienen clara percepción de la injusticia que vivieron en su casa, los hombres hoy a la luz de la cultura tienen clara percepción de los niveles de violencia vividos por las mujeres de su casa, en su propio hogar.

Es una historia de mujeres que debe ser asumida como una historia de hombres asumida por mujeres y por hombres. Se trata de una lucha por la justicia para ser reconocidas en nuestra dignidad humana en toda su extensión, simplemente en esto consiste ser feminista.

Ni superiores, ni inferiores, ser reconocidas real y profundamente. Por eso la energía que va a cambiar el mundo en el siglo XXI es la energía de la dignidad. Es la nafta del siglo que viene, lo único que no se puede comprar, lo único que no se puede vender y que tiene que ser el sustrato de nuestra fuerza política y social.

Hubo algo que nos pasó en el último proceso electoral. Confieso algo –y María del Carmen que estuvo conmigo desde el 96 no me va a dejar mentir- algunos piensan que uno hace algunas cosas porque la historia se va dando, pero en realidad yo tuve una estrategia para que nadie me corriera de mi lugar de mujer. En aquellos años, cuando entré a la Cámara en la reuniones de Bloque estaban los recreos, que eran cuando hablaban las mujeres que entraban por el cupo –así las llamaban ellos-, que en realidad no tenían derecho hablar.

Pero tenían algún problema con algunas de nosotras y especialmente lo tenían conmigo porque era una jurista reconocida, de manera que no me podían condenar, sobretodo en algunas comisiones, al estatuto del silencio pero no sabían que hacer conmigo.

La mejor estrategia de cooptación es decir vos sos distinta a las otras, ojalá nunca en el ARI se escuche eso, porque es la afirmación mas machista que he escuchado, es la que te saca de la estructura de género para llevarte a un lugar donde vos podés ser la víctima.

La otra estrategia era llevarme a distintos lugares y decirles al resto de mujeres que estaban en una charla –por supuesto lo dijeron dos veces y después de mi respuesta nadie se animó más- si ustedes llegan a este nivel de estudio, ustedes van a poder ser como ella, les estaban diciendo si vos alguna vez sos igual a ella podés pelear el cupo, si no va mi esposa.

La estrategia de salida es una regla muy clara, nosotras por una cuestión de pelea por la dignidad cada cosa que hacemos la hacemos en nombre de millones de mujeres que tienen tanto o más derecho que nosotros a estar donde estamos y de eso no nos podemos olvidar. Eso es tener conciencia de género.

Toda la historia de nuestro país en los últimos treinta años tiene que ver con el modo de lucha de las mujeres y esto hay que reafirmarlo en todos los lugares: no sólo por la lucha sino por el método. Sino por el medio que utilizaron las mujeres diciendo el camino es la victoria. En esto las mujeres no tuvimos en la historia mayores desfasajes.

Y en esto tenemos que reconocer a una figura histórica y releerla y repensar y releer las lecturas de otras mujeres de otros partidos que tomaron los argumentos machistas para discriminar. Esa mujer se llama Eva Duarte.

En nuestras familias se reiteraban muchos de los argumentos que nosotras mamamos que eran los argumentos machistas en virtud de los cuales se discriminaba a la mujer.

Hay que poder entender a las mujeres no desde el sentido del ideal de la que es buena en todo o no es, sino en el sentido de lo que la mujer y su historia son como procesos. Se toman fotografías de Evita, en vez de tomar el proceso que vive Evita con los claros y los oscuros de una mujer que se va transformando en su vida privada pero también en la vida pública.

Hay que imaginarse una mujer a las 26 años con una filiación nueva que es la del padre, pero además como Primera Dama haciendo política y con semejante carisma. No es fácil asumirlo. Si acá cualquiera que sale dos días en la tele se cree tan importante, se imaginan lo que había pasado a ella. Se toma la fotografía de la Evita con las luces, con los trajes con las joyas diciendo esta es la Evita frívola, la que no toman es la Evita del despojo que mientras va entregando su vida física, a su vez va entregando su vida espiritual. Una historia de un despojo como nunca se vió en la historia política argentina.

A ese pedazo nadie lo toma, sí al otro: la frivolidad del vestido y después el luto. Mi mamá, que es muy gorila, me decía nos obligó a llevar luto y yo le respondía, si Evita estaba muerta como te iba a obligar, eso es lo que hizo el régimen con Eva. Una de las respuestas es, como usó un régimen machista a Eva después de su muerte y produjeron la asociación como si ella fuera culpable y responsable después de muerta. Y no es para decir que no tuvo errores. Es para decir que fue una mujer que dio la batalla como podía, en las circunstancias en que podía y que la vida le dio y que desde ese lugar lo hizo de manera excepcional y con su propia historia y que nosotras somos en lo público herederas de una mujer que se pudo plantar en algún lugar y reivindicar al otro.

Las otras mujeres que no podemos desconocer en los últimos años es el papel que tuvieron las madres de Plaza de Mayo, es el papel político no sólo para marcar una lucha, sino para marcar una metodología política. Pelean por la verdad y la justicia pero no lo hacen de cualquier modo, pelean con claros métodos no violentes y erosionan a un régimen desarmadas. Erosionan a la dictadura oponiéndole la fortaleza de la extrema debilidad a la necedad de la fuerza de las armas y del genocidio y desde ese lugar la deslegitiman. Desde el caminar que supone la no violencia y desde la palabra circulando por el mundo con una palabra que sólo llevaba verdad.

Y se construyen en ciudadanas de la Argentina no sólo para pelear por sus hijos en construcción de ciudadanía desde el dolor. Se construyeron en ciudadanas que lucharon por los derechos del otro, es decir no por el que tengo cerca sino como expresión de una lucha por la ciudadanía de todos que tiene que ver con la verdad y la justicia no sólo para mí, sino para cuanto ciudadano del mundo y ciudadano argentino tenga un caso de discriminación o de desaparición.

Es espectacular desde el punto de vista simbólico.

El poder las reconoció como folklóricas. Alfonsín llega en gran parte por la lucha de las madres, pero nadie que tenía que ver con esa construcción de ciudadanía formó parte de ese gobierno, que es casi lo mismo que hicieron con las marchas de silencio de Catamarca. El poder banaliza, las lleva al estatuto de la excepcionalidad, las torna heroínas y como el marinerito de la casa de nuestras abuelas, las saca de la participación. Entonces, cada Presidente que asume quiere abrazarse con una Madre, pero no declaran la nulidad de la Obediencia Debida y el Punto Final, no se hacen cargo de la pelea y de la lucha.

El otro caso es el de Marta Maffei, que quizás sea la dirigente social más lúcida que no sólo defendió a los docentes, sino que esclareció a un país permanentemente enseñando no sólo la defensa de los docentes, sino la cuestión política, económica y estructural, y así tantas otras. Pero tantas otras, que representan a millones que hacen lo mismo desde diferentes lugares y donde no hay relación de superioridad que es lo que hay que romper.

En todo caso hay diferencia en el servicio, algunas veces me toca servir anónimamente y a veces públicamente. Por eso nadie debe sentirse mal porque yo no renuevo la banca en la Cámara de Diputados, porque es muy bueno para la construcción de una fuerza política en serio que quienes son sus líderes sirvan desde los últimos lugares y desde lugares más anónimos para que otros den la batalla desde lo más público, porque sino las fuerzas políticas son cooptadas por la necesidad del prestigio, de la fama y del poder y se pierde el único fin de una fuerza política y moral en serio, que es el servicio a una causa moral, política y social de justicia.