LILITA CARRIÓ INTIMA, UNA MUJER DÍFICIL

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22 de Febrero de 2001

Divorciada, edípica hasta el fanatismo, gorda por decisión propia, aventurera, mística. Quiere ser presidente, pero dice que no va a "a perder tiempo en la peluquería para lograrlo". Intimidad de la mujer que con su denuncia sobre lavado de dinero conmovió al poder político y económico.

Por Adriana Schettini

"Los lastimados son peligrosos porque saben que pueden sobrevivir", advierte un personaje de Fatal, el film de Louis Malle. Gran parte de la clase política argentina tiene de qué preocuparse: Elisa Carrió pertenece a esa raza, la de los lastimados.

"Mi lucha en la vida fue sobrevivir al deseo de la muerte, a las ganas de irme con los seres queridos que se habían muerto. Tengo dos impulsos muy fuertes y ganó el de la vida", confiesa en una mañana de sábado en el living de su departamento de la calle Santa Fe.

Cuesta creer que en medio de las investigaciones que en las últimas semanas la han puesto en el ojo del huracán mediático, disponga de tiempo y ganas para aceptar una entrevista en la que se le propone contar quién es esa chaqueña que saltó del claustro universitario -fue durante largo tiempo profesora universitaria de Ciencias políticas- a la batalla todo terreno que exige el desempeño de la función pública. Ella explica su energía desde el ángulo menos pensado, el teológico:

"Todo el mundo dice que va a rezar cuando tiene tiempo. Yo primero me dedico a orar, después voy a misa y después Dios se encarga. Si tenés tu interior sin ansiedad, podés hacer todo. Si estás ansiosa, todo te demanda mucha energía y entonces podés hacer muy poco".

Son las diez de la mañana y ella ya ha cumplido con el rito de la misa cotidiana. Esa hora diaria consagrada a Dios, siempre en la iglesia de San Nicolás de Bari o en Las Esclavas, la ha liberado quizá de aquello en que los humanos invertimos más tiempo y más energía: perseguir la dicha. "Yo busco la felicidad desesperadamente", había declarado esa mujer a la que, a pesar de su anatomía excedida en kilos, todos llaman en diminutivo, Lilita.

"Cuando hice ese reportaje no tenía en claro el tema religioso y buscaba la felicidad a través de las convicciones. Ahora la encontré en Dios, aunque tenga dolor", aclara.

Hay otra entrevista, en cambio, que no ha perdido vigencia. Aquella en la que Lilita contaba que su vida estuvo marcada por la muerte desde los siete años hasta los veinte. Primero murió una tía que vivía en su casa. En la escuela primaria atravesó la muerte de dos compañeras de colegio. Más tarde les llegó el turno a sus abuelos...

"Del dolor saqué la mejor experiencia, que es renunciar a la omnipotencia, que es entender lo que es la areté, la aristocracia del espíritu. Es entender lo que es carpe diem, aprovecha el día."

En esa búsqueda desenfrenada de algún oasis del espíritu, Carrió anduvo caminos disímiles con urgencia de adelantada. Entre los 14 y los 15, creyó que la brújula se la iba a dar Jean-Paul Sartre y se tragó Los caminos de la libertad, Las moscas y La náusea con la misma voracidad con que a partir del embarazo de su hija Victoria se dedicó a comer chipá, cansada, dice, de haber sido linda y flaca. La experiencia de haberse alimentado con la dieta del existencialismo en la adolescencia temprana le resultó una ingesta demasiado pesada de digerir.

"No debí haber leído esos libros a esa edad", admite ahora, pasada la barrera de los cuarenta. Pero aprendí que la libertad es el compromiso; que no tener compromiso es casi como aniquilar la libertad en la cárcel de la indiferencia."

Cómo imaginar a una adolescente de provincia compartiendo con sus contemporáneos el reflujo de angustia y vacío que experimenta quien se atraca de textos que roen la condición humana hasta los huesos.

-¿Con quién podía hablarlo?

-Con nadie. He sido una persona de mucha vida de relaciones. Me gustaba salir, bailar, andar, tener novio y amigas, pero con una gran parte de soledad y de vida interior. Es más, el primer dibujo que hizo en la escuela mi hijo mayor, que ahora tiene 26 años, fue el de su mamá en la cama con una pila de libros al lado. Yo dormía con él en la misma habitación, en mi casa, porque me separé siendo muy jovencita.

Cuando Lilita dice "mi casa", en verdad quiere decir la casa de sus padres. Se casó a los 16 y fue madre a los 17. Pero su matrimonio venía con el plazo de vencimiento escrito en el destino, y a los 18 conoció el dolor de la separación y la maledicencia de los comentarios de pueblo. Ella hizo ojos ciegos a la mirada ajena y volvió con sus bártulos y su niño al refugio de su familia de origen.

"Tengo un amor entrañable por ese hijo porque es el hijo de la soledad. Tenía tres meses cuando me separé. Nunca me preocupó su crianza porque al volver a mi casa había hecho un acuerdo con mi mamá: yo me iba a recibir de abogada en poco tiempo para empezar a trabajar. De todos modos, a los 18 ya trabajaba como profesora de Instrucción Cívica en una escuela nocturna. Cuando estaba a punto de cumplir los 21, me recibí de abogada y empecé a ejercer. El problema era la soledad interior, el dolor. Estábamos los dos muy solitos y yo era muy chica."

Pero esa soledad, explica, no era desamparo. ¿Cómo iba a serlo si Lilita tenía a su lado a Coco, su padre, del que todavía dice que es el ser que más ha amado?

"Tuve el resguardo de mi familia y el amor, sobre todo de mi padre, que me ayudó a criar a mi hijo. Yo estudiaba y mi papá lo sacaba a pasear, lo llevaba a la casa de la abuela; mi hijo tenía meses y estaba con la sillita en el auto de mi papá, que a veces se lo olvidaba por ahí."

Cuando su biografía parecía haber alcanzado la velocidad de crucero y Lilita avanzaba por las aguas tranquilas que le ofrecía la contención familiar en su regreso al nido, la muerte volvió a ensañarse. A los 19 perdió a seis compañeros de facultad y a su novio en un accidente de autos al que ella logró sobrevivir.

"Cuando era chica tenía un sueño muy claro: el sol se caía sobre un espacio verde en el que había autos. Creo que fue premonitorio. Cuando entré al hospital a reconocer a los que habían muerto, sentí que el sol se caía. Fue el fin del mundo."

El sol, sin embargo, no se desplomó y ella siguió peleando con la ayuda del psicoanálisis y, una vez más, supo que podía sobrevivir. Por aquello de que el amor siempre ofrece revancha, se volvió a enamorar y puso los ladrillos de una familia nueva. Tuvo dos hijos más con su nuevo esposo y convivió con los que él traía de un matrimonio anterior. Por eso suele declarar que es madre de ocho chicos, cuando en realidad sólo tres salieron de su vagina.

"Ahora estoy separada y la situación es distinta, pero fueron mis hijos durante casi catorce años, y en el alma lo seguirán siendo toda la vida", explica.

-Cuando recién se casó, ¿temió no ser querida por los hijos de su marido?

-No, el cariño se fue dando naturalmente. Además algunos de esos chicos eran muy chiquitos, tenían un año y medio o dos, así que para mí fueron mis hijas. En realidad el dolor lo tuve después, cuando finalmente descubrí que no eran míos. La persona que se separa y que crió hijos que no son suyos, pierde todos los derechos. No se pierde el cariño pero ahí se revela que la cuestión no es tan fácil.

Y hablando de tareas difíciles, Lilita vuelve a citar a la muerte.

"Durante mi diputación también pasé una experiencia muy traumática porque murió mi padre, que era el amor de mi vida. Ése sí que era carismático, era profundamente amado. Era de una simpatía y de una irresponsabilidad enorme. Fue formado en los mejores colegios ingleses, pero Coquito cruzaba las clases sociales y no le importaba nada. Lo querían los ganaderos, los peones, los vecinos. Cuando lo enterramos, los sobrinos y los hijos le cantamos el carrero cachapecero, que es una canción que él cantaba en guaraní y en inglés. Su velorio fue un éxito, como dijo uno de mis hermanos, el que después murió", explica, y estalla en una carcajada como si su padre no se hubiera ido para siempre.

-¿Pudo usted mantener esa alegría con que lo evoca el día del entierro?

-Sí, porque yo sabía que él había vivido como había querido. En todo caso, los dolores de cabeza los tuvo mi mamá. Mi papá era el amor de mi vida. Tardé mucho en recuperarme de su muerte porque él era la persona que me daba alegría. El era quien me despertaba a las seis y media de la mañana. Mientras yo hacía juzgados, él andaba, se iba al río, manejaba cuarenta kilómetros para ir a comprar pan a un lugar donde creía que era rico, hacía otros sesenta kilómetros para lavar el auto en un lugar determinado sólo porque se había hecho amigo de los que atendían.

Ese ser diferente que marcó la vida de Elisa con una impronta indeleble, lo hizo en términos absolutos. Antes de que ella eligiera el candidato para sellar el pacto de amarse hasta que la muerte los separe, Coco había imaginado un escenario posible para los destinos sentimentales de Lilita. "Él me quería casar con los montenegrinos que formaban parte de la gran colonia de yugoslavos que hay en Chaco", cuenta Carrió, y explica los fundamentos de esa elección paterna sin el menor atisbo de asombro: "Ellos hacen fiestas que duran diez días. Y él soñaba con eso".

Coco era de los que a la larga se salen con la suya. Pero quisieron los genes que la niña Elisa heredara ese rasgo y allí las cosas se complicaron. Ella se enamoró de un hombre que tenía la desgracia de no gozar de un linaje que concibiera a las bodas como una juerga corrida durante un tercio de mes. Pero Coco no se dio por vencido.

"El día del casamiento quiso suspender la ceremonia. 'Retiramos todo', dijo."

Claro que Coco sería bohemio pero inteligente y no quiso salir con ese exabrupto de la nada. Lilita, sin pensarlo, le dio la coartada perfecta.

"Un par de días antes del casamiento yo había tenido una pelea con mi novio, y él aprovechó para decir que se suspendía todo. En realidad, lo que él no quería era que yo me casara."

Pero se casó y hubo una fiesta que no habrá sido de tan larga duración como la de los montenegrinos, pero que se mantuvo en pie hasta las nueve de la mañana del día siguiente.

"Tocó un conjunto de mariachis de los que mi padre era el promotor. Yo estaba feliz con el festejo y bailé como una desatada con mis primos durante toda la noche."

Uno la escucha hablar de ese Coco vital, desmesurado, casi tiránico en su empeño de hacerse aceptar tal y como era, y se pregunta por qué habrá tenido que morir un hombre que se sentía tan bien bebiéndose los vientos del exceso vital.

"Porque ya había tenido demasiada fiesta", responde Carrió. "En mi casa había sobremesas hasta las cinco de la tarde, nuestros amigos iban llegando para escuchar a mi papá contando historias."

Y ella no resiste la tentación de ocupar el lugar del padre amado y gozar del placer de escucharse contando una de las tantas anécdotas de Coco.

"Una vez estaba peleado con mi mamá. Mi tío Tito -Genaro Carrió, el que fue presidente de la Corte- lo mandó exiliado a España. Cuando volvió a la Argentina, no sabía cómo volver a casa. Estaba en Buenos Aires y andaba todo el tiempo con don Arturo Illia. Entonces decidió que una autoridad tan republicana y tan austera lo podía arreglar con mi mamá. Consecuencia, que lo hizo llamar a Illia al lugar donde ella trabajaba: 'Señora, tiene tantos defectos... pero es un hombre bueno, recíbalo'. ¿Y cómo le iba a decir que no a Illia?"

-¿Su madre estaba enamorada de su padre?

-¿Cómo no se iba a enamorar? Lo quiso matar toda la vida pero lo amó. Es que no se puede dejar de amarlo. Es irresistible -dice Lilita, mezclando presente y pasado como si Coco estuviera junto a ella, en el sillón del living.

Cuando se le pregunta por la fantasía de llegar a ser presidente de la República, Elisa Carrió no se espanta. Contesta con el aplomo de quien sabe que en ninguna parte está escrito que a ella, Lilita, le esté vedado de antemano ese bocado supremo.

-¿Cree que su padre habría estado orgulloso ahora que algunas encuestas dicen que no son pocos los que la imaginan a usted en la Casa Rosada, o supone que eso no es algo que le hubiera importado mucho?

-¡Cómo no iba a importarle! -reacciona casi ofendida-. Si en realidad yo fui convencional constituyente y soy diputada exclusivamente por él. Yo era profesora de ciencias políticas, pero jamás me había metido en un comité. Todo lo que hice como diputada lo hice por los dos seres a los que amaba profundamente y que amaban profundamente la política, ambos muy subestimados: mi padre y mi hermano.

-¿Es decir que usted quiso reemplazarlos en la vida pública?

-Yo saqué el costado trabajador y perseverante de mi madre, pero soy muy parecida a mi padre. Todo el mundo lo dice. Tengo las mismas locuras que él. Hago exactamente lo que quiero y nadie me puede frenar. Mi papá decía "me voy a tomar un café" y volvía a los tres días. Un día se iba, vendía la camioneta que estaba manejando y con esa plata se pasaba tres meses en Buenos Aires. Y para volver, se enfermaba. Se internaba porque había tenido un accidente o algo por el estilo. Así se evitaba los reproches, ¿cómo reprocharle a alguien que estaba enfermo? Algo de lo que me pasa actualmente tiene que ver con los líos que él está haciendo allá con Dios. Creo que él está jugando conmigo.

Es fuerte escucharla hablar así, referirse a ese "allá" desconocido e incierto como una realidad casi tangible.

"Creo en el cielo, creo en las almas y creo en la resurrección de la carne. Y creo que él está con Dios", apunta Carrió con la seguridad de quien enuncia un silogismo.

-¿Extraña a su padre?

-No exactamente... porque lo tengo tan cerca y me rió tanto de él... Hay una sola forma de que las personas no mueran: hablar de ellos. En realidad, lo que mata a las personas no es la muerte física sino el silencio de los que lo sobreviven. Yo voy con mis hijos al cementerio parque donde está enterrado mi papá y le cantamos. Además, sé que me voy a encontrar con él y que la vida es sólo un tránsito.

Menudo consuelo, puede pensar cualquiera, si se tiene en cuenta que para ese reencuentro es preciso renunciar nada menos que a mantener los pies en el reino de este mundo. Pero Lilita vuelve con su lógica implacable que pivotea sobre dos ejes: las enseñanzas de Coco y la fe religiosa. Y desde esa atalaya mira las dificultades, las amenazas por su acción política y hasta a la misma muerte con un dejo de indiferencia.

"Tengo casi una educación en la bohemia que me ha transmitido mi padre: me importa tres pitos todo. No me importa ir a parar a Ezeiza porque allí, en la cárcel de mujeres, hago una revolución: organizo cadenas de rosarios, empiezo a defender los derechos humanos. No me importa ser presidente; si me toca serlo, lo voy a ser. Pero también puedo vivir en el mar y ser profesora de Instrucción Cívica en un pueblo. Lo único que quiero es ir al cielo porque me quiero encontrar con mi papá."

No es sencillo comprender que ni siquiera la vida se le antoje un bien a defender a capa y espada en base a la convicción de que en el cielo la está esperando Coco. Es asombroso comprobar cómo enhebra su vida con la aguja de un padre omnipresente. Sucede que para ella la existencia debe ser tejida como un texto apto para la transmisión oral.

"Mi padre era un gran relator de cuentos", dice, volviendo a poner la figura paterna en el centro de su cosmovisión. "Gracias a él me di cuenta de que la vida es tener un buen relato. Si uno puede hacer un buen relato de su infancia pese al dolor, la vida está ganada. Lo mismo sucede con los países. Y este es el drama de la Argentina: nuestra generación no puede relatar los últimos treinta años de nuestra historia. Da mucha vergüenza. Nosotros pudimos contar el cuento de nuestros abuelos que fundaron la Argentina, pero ellos no podían relatar su historia porque era la historia del desgajamiento de Europa, cuando habían abandonado a sus familias. Allí ya hay un gran silencio. Nosotros pudimos hablar del pasado de nuestros abuelos pero ahora nos tomó el silencio ya no por la desolación del abandono anterior sino por la desolación de la vergüenza del genocidio de los setenta y ahora del genocidio social de los noventa."

-¿Se anima a decirlo así: "El genocidio social de los noventa"?

-Absolutamente. Soy de una provincia del Norte. Yo sé lo que es el hambre. Cuando veo esos ojos que lloran de hambre, me digo que no hay otra forma de darles de comer a los pobres que no sea develar la miseria de los poderosos.

Lilita, la abanderada de la ética. Lilita, la implacable. Lilita, la cristiana fiel en busca de la santidad. "Cometí muchos errores y violé casi todos los mandamientos. No voy a la Iglesia porque soy santa sino porque soy profundamente pecadora", se ataja.

-¿Es cierto que usted es capaz de tener abstinencia sexual para poder comulgar?

-Absolutamente. Es una decisión religiosa. Para mí la Palabra y la Eucaristía son el pan de vida. No hay nada que se compare con eso. En mi caso fue una decisión personal.

En su postura de abordar la política sin renunciar a la ética aparece la sombra de un ejemplo ajeno que le juega en contra: Chacho Alvarez. A juzgar por lo que fue su paso por la vicepresidencia parecería que en el poder no hay lugar para quien quiera aferrarse a la moral. Carrió discrepa con el escepticismo de esa interpretación y argumenta:

"Yo creo que lo de Chacho fue gestual. El testimonio significa dar la batalla. El testimonio significa quedarme en el Senado y arremeter contra todos no obstante el acto. Este país es espasmódico: avanza con un tema y cae. Frente a eso es buena la perseverancia. Yo a Pou y a Moneta los investigo desde hace cinco años y persevero. Esto es imposible si vivimos pendientes de lo que va a salir mañana en los diarios. La diferencia conmigo es que yo tengo estrategia; a mí no me preocupa salir o no salir en los diarios. Los liderazgos no dependen de las apariciones. Es cierto que soy mediática. Y no me avergüenzo de eso".

Y entonces aparece la Lilita estratega, la que parece que no sabe callarse pero que en realidad domina como nadie el juego de la exposición y la retirada en la batalla política. La que logró convertirse en una figura mediática a contramarcha de la estética dominante. Una sospecha se instala legítimamente en el pensamiento de cualquier ciudadano con experiencia de televidente. ¿No será acaso su look descuidado y su gordura exhibida con orgullo también una estrategia marketinera?

"Todos saben que en privado yo soy así -responde-. Me planteé si tenía que parecer otra cosa. Y me respondí que no, que ése no era un precio que estuviera dispuesta a pagar. No estoy dispuesta a tolerar media hora de peluquería, así deje de ser presidente."

-¿Tan terrible es ir a la peluquería?

-Sí, esto de producirme me parece una tortura. Soy una laburante y en consecuencia voy a los programas de televisión porque estoy laburando. Eso es parte de mi trabajo. Y además decidí enfrentarme al aparato simbólico del parecer. Yo soy lo que soy, como lo que quiero, me visto como quiero, y además, no opino conforme a las encuestas. En muchas cosas estoy de acuerdo con la opinión general, pero cuando no estoy de acuerdo también lo digo. Yo me enfrenté sola al aumento de las leyes penales y dije: "Señores, yo soy garantista y lo voy a seguir siendo aunque el 90 por ciento de la población crea que hay que meter bala". Si yo quiero adelgazar, voy a adelgazar y lo voy a hacer porque quiero. Y el hecho de que mi imagen sea de gorda no va a conseguir que yo siga siendo gorda para mantener una imagen. Si tengo ganas de adelgazar, lo voy a hacer del mismo modo en que engordé cuando tuve ganas de engordar.

-¿Engordó por decisión?

-Yo pesé 50 kilos toda mi vida y era maravillosa. Era lindísima, era flaquísima y me moría de hambre y estaba histérica. Yo era una muerta de hambre, hasta que un día, cuando me embaracé de Victoria, a los 35 o 36 años, me dije: "Yo voy a comer". Y entonces descubrí que parte de mi felicidad en la vida es comer lo que quiero. Y decidí que ya no más, que ya había sido linda. Para mí la belleza fue una cuestión muy traumática porque todo el mundo me decía: "Si sos linda y tan inteligente, qué problema te hacés". Y a mí me lloraba el alma. Entonces descubrí que la estética impide revelar a las personas. En todo caso, lo que hago es casi una sobreactuación de la imperfección. Yo decidí ser lo que soy. Si eso tenía rédito electoral o no, no me preocupaba. El gran desafío es seguir siendo lo que soy y tener una armada brancaleone como amigos.